Regreso a Brozas

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Acabo de llegar a casa, después de un fin de semana intenso, especialmente desde el punto de vista emocional y humano. El pasado sábado compartí con mucha gente la emoción de recordar -una vez más- la figura de Pedro Antonio Blanco Aldeano. Después de 8 meses, volví a Brozas de nuevo para estar junto a él. En aquel entonces para acompañarle en su último paseo por las calles de su pueblo y este sábado para hacer lo propio en el homenaje que la gente de Izquierda Unida de Brozas (su grupo) le hizo con la presencia estelar de quien fuese uno de sus ídolos, el profesor Julio Anguita. Además su familia , sus amigos, sus vecinos/as también abarrotaban el salón Lujoky de Brozas.

Tengo que confesar que soy un poco plasta con Pedro, con su recuerdo, con traerlo de cuando en cuando a este espacio. Obviamente su vacío lo lleno, entre otras cosas escribiendo sobre él, y ningún lugar mejor para hacerlo que este espacio, que aunque lo considero del dominio público, si me creo en el derecho de hablar o escribir sobre aquello que entiendo debo hacerlo.

Decía ayer Pedro Escobar que Pedro Antonio Blanco Aldeano fue un revolucionario en el sentido de que proponía, imaginaba y creaba cosas, muy por delante del tiempo que finalmente llegaban a aplicarse o a ponerse en marcha. Es una verdad como un templo. Recuerdo cuando trabajamos en el primer programa de desarrollo rural para la comarca de Las Villuercas, el PRODER: en el documento final que redactamos había una serie de medidas que hablaban de estudiar la geología, de ser un referente en la investigación para la Geología como algo innovador, dada la presencia de fósiles en estas sierras. Eso lo sabe bien Javier López, compañero común desde hace muchos años. Curiosamente desde aquel entonces (1996) y después de unos 14 años, en esta comarca se lucha con bastantes posibilidades por la creación de un Geoparque. Tendría muchos ejemplos, igual que cualquiera de las personas que compartieron con él su trabajo, sus ideas o sus visiones de la vida.

Muchas emociones , el sabor agridulce del homenaje a quien ya no está cerca, y un sinfín de sensaciones encontradas, pero sobre todo un paso más para que el recuerdo de su persona lo mantenga vivo entre nosotros/as y de paso nos ayude a vivir sin su presencia.

Fue gratificante el acercamiento de muchas personas para agradecernos el trabajo realizado para la concesión del premio Tierra y Libertad, y sobre todo poder fundirme en un abrazo con una persona muy especial para él que era su abuela.

La puta vida tiene estas cosas, pero tenemos que seguir luchando por sus ideas, sus proyectos y su recuerdo.


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