Abandonados a su suerte

Hay un elemento muy característico de la condición humana y que es la facilidad de metamorfosis en función de cada momento y circunstancia. De la euforia, la entrega y la solidaridad, pasamos al silencio y al olvido, en un corto espacio de tiempo. Es algo parecido a lo que sucede cuando alguien nos deja: mientras velamos su cuerpo y en los días posteriores, hacemos piña y nuestra casa se llena de visitas, de pésames y condolencias; a medida que transcurre el tiempo la soledad inunda el ambiente y el dolor se torna más intenso si cabe.

A los ciudadanos/as de Haití les ha pasado algo similar con respecto al resto del mundo. Desgraciadamente, un año después del terrible seísmo que lo arrasó, el país más pobre del mundo, Haití, sufre más que nunca la soledad, el silencio y la desgracia, que supone el abandono a su suerte de una comunidad internacional que se preocupa más de las bolsas y del paro, de rescates y de pagar enormes sueldos a los directivos de las grandes empresas, antes que mantener el nivel de solidaridad que inicialmente compromete cuando acontece la catástrofe y es consciente de la magnitud de la misma.

No nos engañemos, somos humanos y nos movemos por impulsos, instintos y emociones que a veces, no están a la altura de lo que sería deseable. Entre otras, este tipo de causas, son las que impiden que el mundo globalizado en el que vivimos, aún siga siendo como es, y sigan existiendo estos contrastes, que tanto perjudican al concepto de humanidad que algunos defendieron, inspirado en la solidaridad y el bien común. Algo, muy alejado de la triste realidad en la que vivimos, y que nos hace ser tremendamente hipócritas, egoístas e insolidarios.

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