Purear sin complejos

Es evidente que la recién estrenada Ley Antitabaco necesita de tiempo para su implantación y sobre todo, de responsabilidad de quienes deben velar para que se cumpla sin concesiones.

Con motivo de mi paso por un restaurante a las afueras de Miajadas tuve la ocasión de presenciar una escena, que a buen seguro se repite en muchos locales similares a lo largo y ancho de este país. En la puerta de entrada del comedor colgaba un cartel que prohibía fumar y dentro del mismo otro, aún más grande, que indicaba lo mismo. Frente a mi mesa había un señor de edad avanzada, de piel curtida y con alhajas por todos sitios. A su lado un apuesto caballero con un traje elegante y modales refinados. En un momento determinado el señor de los anillos se sacó un puro de a metro y sin más, se lo encendió. Ante esa osadía los camareros de la sala desaparecieron y el cliente con cuerpo de chimenea se quedó tan pancho.

Tras unos minutos, el servicio salió de su guarida, justo cuando el personaje en cuestión se largó de la sala. En ese instante el amigo de chaqueta y corbata se levantó y le dijo muy educadamente al camarero cuáles eran sus obligaciones que parecían haber obviado, afirmando éste que no había visto nada.

Es una de tantas anécdotas que, día tras día, ocurren y me temo que, si no se toman más en serio esto de no fumar en determinados lugares, al final estaremos en el mismo lugar de partida y para nada habrá servido esta normativa, desde mi punto de vista totalmente justificada e incluso demasiado blanda.

Así que ya saben, si se encuentran al señor del puro o a alguien similar, exijan sus derechos y no permitan que invadan el ambiente de alquitrán, metano, benceno y otras, entre las 4.000 sustancias que dicen, contiene el humo del tabaco.


Artículo publicado en el diario Extremadura el 2 de febrero de 2006

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