Nuestro mejor día de Extremadura

Hace ya unos años que en Guadalupe vimos nacer el Día de Extremadura como una apuesta por el sentimiento extremeño y la unidad territorial de esta región. Jornada que comenzó siendo una convivencia de extremeños y extremeñas, que amenizada por la organización de una serie de actividades, fundamentalmente culturales, sirviese para reunir a una representación de la ciudadanía, con el objeto de reivindicar el extremeñismo y la identidad propia que nos une, y todo ello relacionando este hondo pensamiento con la importancia histórica, artística y cultural que el Real Monasterio y la imagen de la Patrona, Santa María de Guadalupe, tenía y tiene para los extremeños, como así se reconoció al hacer coincidir este día con la fiesta mayor que en honor a ella se venía celebrando desde hacía siglos.

No sé por qué motivos, en los últimos años el Día de Extremadura, además de contar con esas manifestaciones culturales y sociales tradicionales, se viene convirtiendo en un motivo de debate político y de declaraciones en los medios de comunicación sobre si Guadalupe debe pertenecer o no a Toledo, si los actos del Día de Extremadura son el escaparate de los logros y de la vanagloria de nuestro presidente, si las medallas de Extremadura son o no merecidas... En verdad ese tipo de eventos se hacen imprescindibles y están perfectamente justificados, aunque haya quien opine lo contrario, ya que se pretende difundir y divulgar la identidad regional, sus valores culturales y patrimoniales, y demostrar al resto de autonomías y de regiones europeas que Extremadura también existe, cosa que no resulta demasiado fácil a pesar de que se trabaja en ello, no sólo con motivo de esta jornada, sino durante el resto del año.

Si se echa en falta algo en esta fiesta es el sentimiento de patria que todos y cada uno de los extremeños y extremeñas deberíamos asentir, sin renunciar por ello al Estado y a las políticas centralizadas que, al menos ahora, pueden beneficiar enormemente a esta región. No basta con disponer de un estatuto propio que ya recoge la autenticidad de este territorio, sino que de alguna manera hay que posibilitar el caldo de cultivo para que las raíces de nuestra tierra se amarren con fortaleza y permitan al pueblo extremeño avanzar en el futuro con garantías, sin renunciar a su historia y posicionándole en el lugar que le corresponde en España y en Europa.

Identificarse y enorgullecerse de un territorio no se logra de la noche a la mañana, ni siquiera las políticas de globalización o de alianzas de civilizaciones ayudan a este tipo de sentimientos. Es necesario aprender las enseñanzas de los miles de extremeños y extremeñas que vivieron la añoranza de la emigración, que siempre fueron capaces de defender a capa y espada a su tierra, dentro y fuera de ella. Para ello habrá que investigar cuál es la fórmula mágica, que sin necesidad de salir y vivir lejos de nuestra tierra, nos ayude a profundizar, afianzar y tomar conciencia de tan noble causa. El día que todos los extremeños y extremeñas conquistemos esta parcela y seamos capaces de elevar la voz y levantar las banderas, del mismo modo que nuestro himno nos recuerda en su comienzo, dejando de lado las siglas con las que nos identificamos y nos abramos al mundo tal y como somos, ese día se habrá consolidado el Día de Extremadura, mientras tanto se hace necesario.


Artículo publicado el 8 de septiembre de 2005 en el Periódico Extremadura

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