El secreto de la inocencia

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Cuando uno es niño no es consciente en ningún momento de la inocencia, de esa compañera silenciosa que llevamos dentro y que nos acompaña durante los primeros años de nuestra vida. Nuestra amiga invisible nos hace la vida más sencilla y nos permite soñar, imaginar, crear y darle rienda suelta a nuestros deseos pueriles. Lástima que mientras la tenemos cerca, no podemos darle la mano, ni siquiera consultarla o pedirla parecer sobre algo. Ese tipo de interrogantes suelen aparecer más adelante, justo cuando ya no tenemos en casa a esa fiel amiga, a esa maravillosa amistad que vive con nosotros sin darnos cuenta y sin que podamos sellar un pacto de eternidad y de consciencia interesada.

Desgraciadamente nos adentramos en su personalidad cuando, sin verla, la detectamos entre los más pequeños de nuestro entorno, de nuestra familia e incluso la evocamos con nítidez en nuestros hijos. Nos vienen a la memoria los recuerdos de aquellas conversaciones silenciosas, aquellas vivencias jamás percibidas que nos hicieron más fácil el camino hacia la madurez, hacia el estado irreversible en el que desafortunadamente se extingue esa compañera con nombre de mujer.

Estos días mi hijo era cómplice silencioso de esa maravillosa y sencilla cualidad. Me desvelaba con algunos días de antelación, con mensajes y con consignas propias de su edad, el regalo que con celo y mucha ilusión me preparaba para conmemorar el día del padre. Su impaciente aptitud acabó rompiendo el secreto mejor guardado y sin importarle lo más mínimo el adelanto del momento, veía colmado su deseo de poder otorgarle a alguien -en este caso su padre- la oportunidad para una sonrisa, un gesto de cariño y un abrazo. Toda una lección de vida.

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