Mayor atención a nuestros pequeños

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Si hace unos días, concretamente el día de San Valentín, dedicaba unas palabras a hablar de amor, de algunos tipos de amor, hoy, aún sin celebrar nada parecido, quiero dedicar este post al amor de los padres a los hijos, a la relación entre estos, y a cuáles son alguno de los sentimientos que uno, tras casi cuatro años después de tener su primer y único hijo, tiene.Pienso y me pregunto por qué no dedicar unas letras a mi hijo, de la misma manera que lo hago hablando de los demás, cercanos o no, y ese es pues el objetivo y empeño que hoy me propongo.

En primer lugar tengo que empezar reconociendo alguno de los muchos errores que no sé si son heredados o quizá mal aprendidos con respecto a mi responsabilidad como padre. Me refiero por ejemplo a abusar de la confianza depositada en su madre para evadirme de ciertas tareas, alguna de las cuales he delegado totalmente en ella, bueno no lo llamaría delegar sino más bien hacerme el tonto. Parece más que evidente que los hijos son cosa de los dos, y poco a poco voy asimilando esto, hasta el punto de darme cuenta y asumir ciertas cuestiones que antes no parecían encajar en mi modus operandi, a pesar de que siempre he sido un buen ayudante y colaborador de mi mujer, aunque me hecho el remolón en otras.

La cuestión es que el contacto con los pequeños, el roce más constante y diario, provoca un apego mucho más intenso, una mayor complicidad y un sentimiento mucho más profundo de cariño, que se traduce incluso en una mayor generosidad y una auténtica vivencia de relación paterno-filial. En demasiadas ocasiones, a veces por necesidad, otras por capricho y desidida, he sido un verdadero pasota de mis responsabilidades, es posible que mañana siga siéndolo, pero os puedo asegurar -sin pretender con ello asumir mayor protagonismo- que con los niños se hace mucho más veraz el tópico del "roce hace el cariño", se experimenta una profunda y estrecha alianza de amor, amistad y pasión, que sólo cuando se es padre se siente.

Me duele por tanto que en muchas ocasiones ignoremos a los pequeños, los involucremos en algunas actividades pensando más en nosotros que en ellos, los arrastremos a sufrimientos y traumas innecesarios, y dejamos nuestra responsabilidad para con ellos, aparcada en cualquier esquina. Es nuestra obligación educarlos en todos los sentidos, no sólo enseñándoles a leer, escribir o a hacer fichas en el cole. Nuestra tarea diaria pasa por hablarle, explicarle y hacerle partícipe de los valores más profundos y elementales del ser humano, de mostrarle con sinceridad el camino más adecuado para las cosas, predicando con el ejemplo y mostrándole nuestra generosidad y bondad por encima de cualquier cosa. Ellos saben de eso y más, son comprensivos, generosos, auténticos, genuinos... en definitiva son niños.

Pensemos por tanto en esto y hagamos propósito de enmienda, ahora que estamos en Cuaresma, para mejorar día a día. Ellos se merecen esto y mucho más...


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