Sobre los retos de ser catequista en una parroquia de un pequeño pueblo rural

Ayer acompañé a los nuevos catequistas que durante este curso serán los encargados de dirigir las catequesis en la Parroquia de Guadalupe y contribuir con su entrega y dedicación desinteresada a las tareas de evangelización y de educación que suponen estas actividades para niños y adolescentes.

No es fácil emprender esta tarea en un pueblo pequeño, donde las alternativas y las posibilidades son pocas. No va a ser un camino de rosas y por ello, el esfuerzo ha de ser aún mayor, tanto que la soledad será su compañera de viaje en muchos momentos y el silencio la respuesta a muchas preguntas que a buen seguro se harán. Todos somos conscientes de la problemática social, la crisis de valores y de identidad en la que estamos inmersos. La familia y todo lo que significa, desde un punto de vista cristiano o no, parece no encajar muy bien en las nuevas tendencias que la sociedad nos está exigiendo. Falsos mensajes que solo logran enturbiar la unidad y la paz que entiendo ha de mover el mundo hacia el futuro. La religión cristiana y toda la sabiduría o el mensaje que encierra el evangelio de Jesús, en mayor o menor medida, no distorsiona para nada el normal funcionamiento del mundo, son más bien nuestras interpretaciones y nuestro empeño en controlar todo, en querer pilotar cuantos motores mueven la normalidad y la cotidianeidad de nuestras vidas, las que generan esa confusión.

Decía con acierto nuestro párroco, Fray David, que la única manera que existe de trasmitir el mensaje cristiano es ser testigo y testimonio de Jesús, en el día a día y en todo lo que hacemos de cara a los demás. De nada sirven los buenos propósitos si después no somos capaces de ejecutarlos en nuestra propia vida. Esa coherencia -a mi modesto entender- entre lo que decimos y lo que hacemos, bajo la confianza de sentirse respaldado desde algún lugar, es justo lo que necesitamos en estos momentos. El mensaje cristiano no ha cambiado, entiendo que tampoco lo ha hecho demasiado el emisor. Por tanto la clave está en el receptor, cuyas influencias -a veces por ignorancia a veces por manipulación- no le han dejado elección. Se trata de poder utilizar un canal diferente, una nueva forma de acercamiento, real como la vida misma y surgida directamente de lo emocional y de lo personal. Ser catequista hoy requiere de mucho esfuerzo, personal e individual, cuyos logros han de ser generosamente donados a los demás a cambio de satisfacción y de felicidad. Si no es así, nos estaremos alejando mucho del perfil que hoy se necesita en las parroquias y por tanto, de lo que la sociedad demanda.


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