Quince años después

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Parece que fue ayer cuando impulsado por mi juventud soñadora y unas ganas enormes de trabajar por primera vez, decidí embarcarme en un proyecto novedoso, atrevido y un tanto revolucionario, que me llevo a poder ejercer mi profesión -en contra de otros extremeños y extremeñas de mi generación que tuvieron que coger las maletas y abandonar su pueblo- en el lugar donde tengo las raíces, al lado de mis paisanos y la gente que me vio crecer, al pie del cañón en una cruzada, la del desarrollo rural, en la que nos alistábamos más bien por ilusión, ganas de cambiar nuestra realidad y sobre todo, por contribuir con nuestra formación a la transformación de nuestra realidad más cercana, la que siempre nos rodeó y a la que amamos profundamente.


Los comienzos, como en todo proceso de cambio, no fueron nada fáciles y aún permanecen en mi memoria algunas personas y algunos encuentros con los diferentes colectivos que nos curtieron como profesionales, en el plano humano, como referentes al servicio de la gente que irradiaba ansias y deseos de progreso, pero también al servicio de quiénes no creían en el proceso y veían con malos ojos algunos aspectos y algunas acciones de las que poníamos en marcha.


Atrás quedan un amplio catálogo de emociones, sensaciones, buenos y malos momentos, alguna que otra enemistad y sobre todo una nueva realidad, un mundo rural radicalmente opuesto en cuanto a infraestructuras, servicios, empresas... Sin duda el paso del tren del desarrollo rural por Extremadura en los últimos 15 años ha supuesto una metamorfosis profunda, un punto de inflexión necesario para que se construya el futuro con unas bases sólidas, y esto -en mi opinión- sólo ha sido posible gracias a las administraciones (europea, nacional, autonómica y local) que han confiado en la gente de los pueblos, que de manera individual y colectiva, anónima o con afán de protagonismo, han hecho posible que hoy, después de este tiempo, tengamos un medio rural abierto a nuevos cambios y nuevos retos.

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