La amistad es eterna y desinteresada

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Resulta sorprendente como después de 14 años sin verse las caras y sin mantener mayor contacto que una misiva anual con motivo de las fiestas navideñas, dos personas que en un momento de su vida mantuvieron una fugaz amistad por motivos profesionales -no por fugaz no exenta de cariño y de profundo respeto- se hayan reencontrado algo más viejos y en situación radicalmente diferente en lo familiar y profesional, sin que el tiempo haya desgastado lo más mínimo las mismas expresiones, las mismas sonrisas, las mismas ideas y en definitiva una percepción compartida de que el tiempo no ha borrado ni un ápice la relación que por diferentes motivos estuvo en latencia este tiempo.Este hecho demuestra que existen fuerzas desconocidas -o al menos poco comprensibles en la época actual- que permiten mantener intactos, casi en estado de hibernación, algunos lazos de amistad entre las personas que más tarde o más temprano, por circunstancias que se nos escapan, acaban por salir de su guarida para manifestarse con la misma energía y con la misma efusión que cuando nacieron.

Ayer compartí con mi amigo José Luis uno de esos ratos de sosiego y de profunda amistad que obedece a la descripción hecha, donde después de ese tiempo tuve la ocasión de recuperar, sin apenas darme cuenta, aquellas vivencias y aquellos lazos que en su día surgieron en un pueblo precioso de Ávila llamado Cuevas del Valle. Sin duda, la vida es tan maravillosa que de vez en cuando nos regala momentos de estos.

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