Nuestro amigo el Grillo

Hoy he tenido la oportunidad de pasar un rato en el campo junto a mi hijo. Realmente la velocidad con la que vivimos no nos permite demasiadas licencias para estar con los nuestros, y eso hace que en las pocas ocasiones en las que lo hacemos disfrutemos intesamente del momento, e incluso nos volvamos si cabe más románticos, hablándoles de lo que fuimos y nunca más volveremos a ser, sobre aquello con lo que jugamos de niño o sobre lo que nos gustaría viviesen con la intensidad que nosotros lo hicimos.

Con la excusa de dar unas patadas al balón y con la intención de dar unas carreras nos desplazamos a poca distancia de Guadalupe, en lo que conocemos como la Vía, lugar donde existe una estación, hoy en ruinas, a la que nunca llegó el tren, y que hoy sirve de esparcimiento a muchos vecinos de la localidad. En ese lugar, además de jugar al balón he disfrutado muchísimo con el pequeño, sobre todo por lo feliz que ha sido él cuando al reclamo del canto de un grillo he sacado mi pericia heredada de la niñez , aquella que jamás se olvidará, para sacarlo de su grillera y mostrársele como un pequeño ser con vida y con libertad, enseñándole que precisamente su libertad es lo que nos permite mantener y escuchar este sonido pecualiar que cada primavera llega a nuestros campos. En ese sentido, después de compartir un rato con nuestro amigo, nos hemos despedido de este animalillo simpático deseándole mucha suerte.

Aunque algún ecologista me pueda tachar de algo, al perturbar la paz de este ser, nada más lejos de la realidad. Creo que la lección que mi hijo ha recibido hoy de respeto y de cariño hacia otro ser vivo que habita el planeta, en este caso el grillo, ha sido una buena enseñanza, algo que a buen seguro jamás olvidará y que vivirá con él el resto de su vida.

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