Hoy estuve en un edén

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Hace un rato que he llegado a casa, acompañado por mi mujer y mi hijo, después de disfrutar de una de las tardes más apacibles y hermosas, por qué no decirlo, desde hacía ya bastante tiempo.


Hemos estado en un rincón maravilloso que se encuentra en mi querida comarca de Las Villuercas, en la Villa de Berzocana, uno de los pueblos más hermosos de los que conozco, donde además de disfrutar de una cultura rural muy pura, aún es posible observar y sentir las esencias de verdaderos vergeles y de bosques de robles en un estado de conservación que ya quisieran otras zonas de la Península que presumen de biodiversidad y de no sé qué indicadores.


El Rincón de los Cerezos, es un espacio donde viven desde hace algunos años Mario, Carmen y Andrés, personas sencillas y valientes -ellos un buen día abandonaron la urbe para radicalmente cambiar de vida e integrarse en la naturaleza- que saben trasmitir como nadie la esencia del ruralismo, la filosofía de la agricultura entendida como siempre se ha entendido, la sapiencia de quién disfruta viendo disfrutar a los demás y no tienen mayor aspiración que ser felices, procurando no embargar a las generaciones futuras, en definitiva practican lo que hoy se conoce como agroturismo, algo de lo que se habla mucho pero que en muy pocos lugares se pone en práctica con la verdadera esencia y conceptualización con la que se concibió en países como Francia.

Pero no quería yo entrar en disquisiciones filosóficas o algo por el estilo que me llevase a ahondar en mis sentimientos y consideraciones sobre cuál es la fórmula que yo entiendo más adecuada, y sobre cuál ha de ser el destino al que nos conduzcan ciertas vanguardias que se están generando en el medio rural. Lo importante de este encuentro es sin lugar a dudas la experiencia que ha supuesto para mi hijo César, un niño de tres años que reproduciendo las expresiones de sus progenitores ha llegado a decir "¡Qué pasada!" por el bienestar y la diversión que este lugar le ha suscitado, además de conocer en persona al caballo, al burro, a la gallina y sus pollitos, a los corderitos, al roble, a la retama, a la jara... Eso es precisamente lo que más me motiva para seguir apostando por estos espacios cargados de vida, de tradición, de autenticidad y de emoción.

Sólo por eso y por haber tenido la fortuna de vivir estos momentos, merece la pena que gente como los protagonistas de esta historia sigan siendo como son, y que cada día sean más y más...