En defensa de nuestra arquitectura rural

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Hace unos días he sido testigo de la demolición sin escrúpulos de una vivienda de esas que los libros recogen como típica de un determinado lugar y que obedecen a una serie de características constructivas específicas, tanto en el diseño como en la composición de los materiales que la sustentaban. A pesar de la urgente intervención de los organismos competentes en las desafortunadas actuaciones ya no queda en pie nada de lo que fue este edificio, que lo situaban entre los cánones de la arquitectura popular del lugar en el que se ubicaba, declarado conjunto histórico-artístico y con un claro desarrollo turístico.

La sociedad actual no puede permitirse el lujo de perder este patrimonio al ritmo con el que se está deteriorando. Nadie es dueño por mucho que se empeñe de destruir sin control y sin justificación alguna lo que la historia nos ha dejado, ni siquiera puede ejercer el dominio sobre aquello que identifica de alguna manera a un pueblo. El patrimonio es de todos y por tanto es tarea del conjunto de la humanidad velar por su conservación, reivindicar cuantas acciones políticas sean necesarias para que se conjuguen los intereses privados y públicos, y sobre todo mantener por encima de cualquier interés ciertos arquetipos que las futuras generaciones deben conocer.

Las zonas rurales tienen en su arquitectura un elemento singular que las identifica, generalmente vinculada a una forma de vida muy particular y a las costumbres ancestrales que las han llevado al lugar en el que se encuentran. Los ruralitas no podemos vivir ajenos a estos movimientos de desconexión hacia lo nuestro, de esa rotura desmesurada con nuestra arquitectura. Hemos de ser críticos con quiénes pretenden convertir nuestros pueblos en imitaciones de otros modelos alejados de nuestra propia realidad y sin sentido alguno. El desarrollo sostenible de nuestro entorno lo es también de nuestra evolución y en ello nos debe ir la vida, para conservar más que destruir, para rehabilitar más que para edificar, para trasmitir más que para imitar. Ha llegado el momento de que se paren los pies a quiénes pretenden acabar con lo que costó mucho esfuerzo antaño, y aunque solo sea por respeto a nuestros ancestros y a las generaciones futuras, debemos conservar, siempre que sea posible, ese legado que hemos heredado.

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