El futuro de la agricultura de montaña

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Mientras hojeo algunos de los temas que constituyen el temario específico de las oposiciones a la Junta de Extremadura, me detengo en uno de los ya clásicos, la Política Agraria Comunitaria (PAC), y no puedo resistirme a escribir unas palabras, que más bien son sentimientos y reflexiones sobre lo que yo entiendo ha sido nuestra andadura europea y más concretamente, cómo ha transformado esta adhesión el entorno más cercano en el que hoy vivo, y hacia dónde debe caminar en el futuro.

Estoy hablando de una zona de montaña y desfavorecida, con percepciones y conceptos estructurales totalmente opuestos a zonas de regadío, y por tanto con conclusiones analíticas muy diferentes. En estos espacios, tradicionalmente agrarios y “a priori” sin demasiadas perspectivas de futuro, lo que un principio se vendió como un maná generoso que habría de transformar la realidad rural de nuestros pueblos, con exponentes de modernidad y de progreso, sólo ha servido para que unos pocos, posiblemente los más listos, hayan enriquecido su patrimonio personal y sus cuentas corrientes. Mientras tanto los pequeños agricultores, algunas veces manipulados por ciertos movimientos de carácter sindical o político han sido víctimas de engañosos y perversos asesoramientos, que han generado una crisis de identidad y sobre todo una pérdida de dignidad en lo que significa ser agricultor o ganadero. Si a eso se une la poca fuerza que el movimiento asociativo tiene y la escasa profesionalización del sector (la mayor parte de los agricultores no lo son a título principal y los jóvenes que se incorporan lo hacen por la subvención más que por una vocación y herencia de valores) el panorama se presenta un tanto oscuro, máxime cuando estamos en tiempos de cambios y reformas casi de forma continua.

A pesar del escenario desfavorable aún existen oportunidades y otras fórmulas que más que alejarse de las directrices comunitarias lo que hacen es acercarse sin apenas esfuerzo y con un claro componente de retroceso o de vuelta al pasado. Me refiero a la agricultura y ganaderías ecológicas, tradicionalmente los sistemas de explotación que caracterizaron al medio rural y cuyas políticas no han sido demasiado bondadosas con quiénes apostaron por este tipo de sistemas, y sobre todo no supieron orientar y dirigir a las personas que hace unos años, y merced a las ayudas agroambientales, se encontraron con un mundo de cierta confusión y sobre todo unos canales de comercialización, generalmente locales, que no permitieron obtener el valor añadido que realmente se esperaba. Las zonas de montaña de Extremadura, con predominio del minifundio y con entornos muy bien conservados, necesitan rescatar sus sistemas tradicionales de agricultura y también de pastoreo, buscando las pequeñas producciones con altos contenidos de calidad, recuperando esos sabores de antaño que hoy demanda la sociedad, y acercándose a los mercados más exigentes, que afortunadamente hoy existen, con el convencimiento de que aún es posible mantener vivos los ecosistemas del medio rural sin dejar a un lado las actividades agrícolas y ganaderas. Esta plusvalía debe marcar el futuro de la agricultura y ganadería del mundo rural, acompañada de otras actividades sostenibles relacionadas con la naturaleza y el turismo, pero todo ello con un objetivo muy claro, mantener vivos los sistemas tradicionales y con ellos la cultura rural.

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