Cibercampaña electoral

Si algo va a destacar en la próxima campaña electoral para los comicios del próximo 27 de mayo es sin lugar a dudas el uso generalizado, con mayor o menor acierto, de las nuevas tecnologías de la información como espacio de opinión y reflexión sobre las diferentes candidaturas y sobre los programas que cada cual presenta. La posibilidad de interacción con los candidatos y candidatas, en algunos casos en tiempo real, posibilita una mayor participación ciudadana, muy superior a la producida en anteriores convocatorias.

Como algo anecdótico de esta nueva relación surgida entre políticos y ciudadanía -denominada política 2.0, ciberpolítica o de otras maneras- he de hablar de la ocasión que tuve de sugerirle a una de las candidatas, concretamente a Carmen Heras, sobre alguno de los contenidos de su Web, con la grata sorpresa de ver al poco tiempo cómo se han modificado, lo que realmente demuestra que existe esa cercanía y que la relación funciona, a golpe de click del ratón, leyendo el correo electrónico o los comentarios que se puedan dejar en los diferentes post de los blogs, que por cierto, se han convertido también en una formidable herramienta, con un coste infinitamente menor a las webs, y en muchos casos nulo.

Desde que Guillermo Fernández Vara fuese pionero en Extremadura, con la apertura de un blog, una web y toda una gama de productos multimedia, con vistas a alcanzar la Presidencia de la Junta de Extremadura, no hay candidato o candidata que se precie que no disponga de su portal o de un espacio web como apoyo a la campaña electoral, eso sí con notables diferencias entre unos y otros, en cuestiones de diseño, posibilidad de interacción o servicios ofrecidos. Con todo ello, resulta evidente que desde ahora y para el futuro, el mundo de la blogosfera, los portales webs u otro tipo de plataformas virtuales que existen o que surjan, serán, cada vez más con mayor presencia, las que decidan los resultados de unas elecciones de una región, un país o un continente.


Hoy estuve en un edén

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Hace un rato que he llegado a casa, acompañado por mi mujer y mi hijo, después de disfrutar de una de las tardes más apacibles y hermosas, por qué no decirlo, desde hacía ya bastante tiempo.


Hemos estado en un rincón maravilloso que se encuentra en mi querida comarca de Las Villuercas, en la Villa de Berzocana, uno de los pueblos más hermosos de los que conozco, donde además de disfrutar de una cultura rural muy pura, aún es posible observar y sentir las esencias de verdaderos vergeles y de bosques de robles en un estado de conservación que ya quisieran otras zonas de la Península que presumen de biodiversidad y de no sé qué indicadores.


El Rincón de los Cerezos, es un espacio donde viven desde hace algunos años Mario, Carmen y Andrés, personas sencillas y valientes -ellos un buen día abandonaron la urbe para radicalmente cambiar de vida e integrarse en la naturaleza- que saben trasmitir como nadie la esencia del ruralismo, la filosofía de la agricultura entendida como siempre se ha entendido, la sapiencia de quién disfruta viendo disfrutar a los demás y no tienen mayor aspiración que ser felices, procurando no embargar a las generaciones futuras, en definitiva practican lo que hoy se conoce como agroturismo, algo de lo que se habla mucho pero que en muy pocos lugares se pone en práctica con la verdadera esencia y conceptualización con la que se concibió en países como Francia.

Pero no quería yo entrar en disquisiciones filosóficas o algo por el estilo que me llevase a ahondar en mis sentimientos y consideraciones sobre cuál es la fórmula que yo entiendo más adecuada, y sobre cuál ha de ser el destino al que nos conduzcan ciertas vanguardias que se están generando en el medio rural. Lo importante de este encuentro es sin lugar a dudas la experiencia que ha supuesto para mi hijo César, un niño de tres años que reproduciendo las expresiones de sus progenitores ha llegado a decir "¡Qué pasada!" por el bienestar y la diversión que este lugar le ha suscitado, además de conocer en persona al caballo, al burro, a la gallina y sus pollitos, a los corderitos, al roble, a la retama, a la jara... Eso es precisamente lo que más me motiva para seguir apostando por estos espacios cargados de vida, de tradición, de autenticidad y de emoción.

Sólo por eso y por haber tenido la fortuna de vivir estos momentos, merece la pena que gente como los protagonistas de esta historia sigan siendo como son, y que cada día sean más y más...


Los tesoros más preciados

Cada vez que observo las cicatrices que decoran mi brazo y mano derecha rememoro aquella tarde de septiembre , cuando después de una noche de concierto y juerga por La Madrila cacereña, dos amigos regresábamos a Las Villuercas con la fortuna de que hoy, quince años después, puedo escribir con esa misma mano sobre aquella vivencia, en la que un accidente de tráfico pudo costar la vida a dos jóvenes, en aquel entonces de 21 y 22 años, que en ningún momento fueron conscientes del riesgo que corrían al iniciar aquel viaje.


Las cifras que se mencionan en los informes oficiales de la OMS son sencillamente espeluznantes, afirmándose que la primera causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 19 años es precisamente la provocada por accidentes de tráfico, llegándose a definir como una pandemia, que está segando la vida de muchos jóvenes sin que la sociedad se conciencie lo suficiente sobre lo grave de la situación, al menos de manera generalizada. Me sorprendieron las palabras de Fernández Vara en un pueblo de Los Ibores quién afirmaba que no nos podemos permitir el lujo de que nuestros adolescentes se dejen la vida en las cunetas extremeñas y españolas, reconociendo como responsable político que las cosas no se están haciendo bien. Se trata sin duda de un primer paso que conduce a una toma de conciencia política que ha de traducirse -en mi opinión- en destinar más y mejores recursos hacia una educación durante toda la vida, especialmente desde la escuela hasta la universidad, desde la familia hasta las asociaciones de jóvenes,desde campañas institucionales hasta campañas promovidas por los propios ciudadanos, que posibiliten una nueva manera de concebir y asimilar el riesgo que supone la conducción. Este tipo de medidas generarían una responsabilidad mayor y una asimilación temprana de ciertas normas, forjando una sociedad más madura, que no se permita la licencia de que un accidente de tráfico acabe con dos tesoros, de enorme valor, que tiene la condición humana: la vida y la juventud.

Eso es lo que pienso después de ver cosas como estas que para nada se alejan de la realidad.



Evangelización en San Carlos Borromeo

Recuerdo con cierta nostalgia, mi época de internado en la Universidad Laboral de Gijón, los debates y conversaciones que un grupo de jóvenes adolescentes teníamos con un cura, el padre José Bárcena, asturiano comprometido con los más débiles y con las gentes más necesitadas, que en aquellos tiempos -finales de los 80- no eran otros sino los obreros de los astilleros o los propios mineros, cuyos hijos también tuve la ocasión de conocer compartiendo con ellos reivindicaciones y desahogos. Nuestro buen amigo, según me dijeron ya fallecido, nos hablaba de la Teología de la Liberación, de luchas y de injusticias sociales, de Óscar Romero, de Camilo Torres y de otros religiosos que inspirados e impulsados por esos ideales se destacaron por apostar por los más débiles como excusa de evangelización.


Es posible que aquella época incluso marcase el destino de aquellos jóvenes, al menos en su manera de concebir las relaciones entre Iglesia y Sociedad, e incluso potenciase -aunque pudiera parecer lo contrario- las creencias y la fe que en muchos de ellos sigue viva. Quizá como homenaje a aquel hombre y a su particular forma de ver las cosas, quiénes pensamos que la Iglesia debe estar cerca de los débiles, de los más necesitados, de quiénes necesitan el amor más que nadie, no podemos permanecer de brazos cruzados ante situaciones como la que estos días se vive en la Parroquia madrileña de San Carlos Borromeo, clausurada por un cardenal que dice que las formas y los métodos no cumplen con los requisitos establecidos, independientemente de que el objetivo de la evangelización se cumpla con creces. Son alguno de los argumentos que quiénes de algún modo se sienten integrantes y miembros de la Iglesia, no pueden bajo ningún concepto compartir, puesto que no es eso precisamente lo que Jesús de Nazaret nos enseña y se narra en los Evangelios.


¿Acaso los valores que se promulgan por estos tres sacerdotes, Enrique, Pepe y Javier, no son precisamente los que más escasean en la sociedad actual?Estamos llegando a límites exagerados, que rozan lo absurdo, jugando con el futuro de una Iglesia que, al menos en vertiente seglar, condena mayoritariamente las actuaciones del Arzobispado de Madrid, y que se resiste a admitir lo que consideran un error mayúsculo, reconocido por propios y extraños, y que no conduce en absoluto hacia el camino de la integración, la tolerancia,la solidaridad y este tipo de valores que, a mi modo de ver, han de regir las actuaciones en las parroquias y comunidades cristianas.


Desarrollo y progreso solidarios

Con la resaca y el cansancio que supone la participación en un congreso internacional sobre municipalismo, celebrado en días pasados en la ciudad de Cáceres, regreso al pueblo con muchas ideas y con muchas ilusiones, cargadas de esperanza para un mundo rural que reclama y reivindica un mayor protagonismo en el mundo actual, y que parece haber despertado un interés colectivo, que sin duda deberemos aprovechar.


Muchos son los temas y los debates que se han suscitado en esos días, muchas las posturas y algunas las soluciones apuntadas, basadas en experiencias y en testimonios de diferentes realidades, pero todas ellas inspiradas en la participación ciudadana, desde mi punto de vista uno de los elementos estratégicos más determinantes para el futuro del municipalismo y del desarrollo rural, específicamente en zonas menos favorecidas. Participación entendida desde la óptica de la toma de conciencia de que la dinámica que ha de mover a las comunidades rurales hacia ese cambio que tanto se ansía no ha de propiciarse desde una inercia pasiva, sino desde un activismo comprometido, donde confluyan intereses de toda índole, especialmente sociales y políticos, y donde lo más importante sea mantener intactas las realidades y contextos actuales, cargados de unas señas de identidad propias y con una clara visión integradora. En esta línea la escritora cubana Zoe Valdés se expresaba también en la clausura del congreso, abogando por un desarrollo más solidario, donde todos los colectivos tengan cabida y donde se apueste por las personas como eje vertebrador de cualquier apuesta de progreso, tal y como plantea -a mi modo de ver muy acertadamente- uno de los candidatos a la Presidencia de la Junta de Extremadura.


Parece por tanto bastante lógico pensar que en una región como Extremadura, aunque mayoritariamente rural, sus ciudadanos, urbanos y rurales, han de tomar conciencia de que, independientemente de que el tamaño y las connotaciones son diferentes, al fin y al cabo somos extremeños, implicados de la misma manera en el desarrollo de esta región, y es por ello nos debemos mentalizar de que los flujos de solidaridad deben de tener un claro exponente de reciprocidad, de tal modo que si existen desequilibrios en uno u otro lado, sean los propios ciudadanos los que a través de estructuras de participación -eso sí impulsadas desde la Administración quien además debe ser cómplice de esta estrategia- puedan plantear y articular los mecanismos más adecuados, desde la negociación y el diálogo. Por eso, uno piensa que este siglo XXI puede ser para Extremadura el de la solidaridad territorial, el de la integración entre esos dos mundos, el rural y urbano, y el de la consolidación de esta región con unos valores muy arraigados que históricamente siempre nos han caracterizado.



Tecnología para todos

Hace unos días leíamos con detenimiento la noticia que el Periódico Extremadura publicaba sobre la problemática que sufren determinados municipios de Extremadura con respecto a la cobertura de las líneas de telefonía móvil, todos ellos ubicados en zonas rurales, y a mucha distancia de otros núcleos de población, pertenecientes a la misma comunidad autónoma, en los que la situación es bastante más favorable.


Aunque pueda parecer un problema menor -pues alguien puede pensar que lo importante es la telefonía fija y que en este aspecto la cobertura es total- la discriminación que se realiza con la población rural desde el punto de vista de la tecnología forma parte del amplio catálogo de desequilibrios que sufrimos los que vivimos en estas zonas, donde existe un claro déficit en acceso a redes cibernéticas, señales de televisión y radio, y otras muchas que quiénes lo padecen conocen de sobra. Toda una gama de distinciones que nos hacen si cabe -y permítanme la expresión- más ruralitas. Eso sí, a la hora de contribuir con los organismos de recaudación oficiales, no tienen en cuenta este tipo de situaciones, y lo mismo da que usted viva en Mérida o que lo haga en Cabañas del Castillo, al final todos somos iguales a la hora de pagar.


Realmente, el proceso de acercamiento que resulta necesario, entre lo rural y lo urbano, parece al menos desde el punto de vista político, haber despertado esa inquietud y conciencia necesaria. Ahora bien, la cuestión es más bien un problema de tiempos y de prioridades. De tiempo porque en el mundo globalizado en el que vivimos el tiempo es un factor determinante, sobre todo para zonas inmersas en procesos de regresión poblacional, más o menos normalizados, como los que sufre el medio rural. Y de prioridades, porque es importante tomar conciencia social de hacia dónde queremos ir y cómo queremos configurar el futuro de nuestra tierra. ¿Se está dispuesto a mantener e incrementar la actividad económica en las zonas rurales, y con ello permitir también un crecimiento de la población y posibilitar oportunidades a los colectivos más desfavorables? Si es así, se ha de empezar a pensar en que cueste lo que cueste, todos los ciudadanos tienen los mismos derechos y obligaciones y deben recibir los mismos servicios, públicos o privados, independientemente del lugar geográfico donde , por su propia voluntad o por otras circunstancias, han decidido vivir.




Visita al Palancar

Ayer un grupo de amigos, miembros de la Coral de Guadalupe y compañeros de las actividades parroquiales compartimos una jornada de distensión y entretenimiento, alejados de la Puebla. Escogimos el Monasterio franciscano del Palancar, ubicado en el municipio cacereño de Pedroso de Acím, lugar de recogimiento que en estos días acoge a más de una centena de pascuístas, jóvenes y no tan jóvenes, procedentes de varios lugares del país con el objetivo de encontrarse con Jesús, de vivir las emociones y el sentido de la Pascua en la Iglesia.

Esta jornada también sirvió para reencontrarme con los hermanos franciscanos: Fray Manuel Buiza, Fray Paco (Guardián del Palancar), Fray Vidal y otros hermanos de Francisco de Asís.

Este lugar es sin duda una de las joyas del franciscanismo y uno de los rincones más hermosos de nuestra querida Extremadura, donde naturaleza, arte y espiritualidad se conjugan sin esfuerzo.

Antes, pasamos por Serradilla y tuvimos oportunidad de visitar el afamado Cristo que nos impresionó muchísimo, y disfrutar de un paisaje privilegiado a orillas del Parque Nacional de Monfragüe.

Extremadura está llena de contrastes y es un paraíso por descubrir.

El encuentro con los Sant Yago


Es increíble como el destino que uno no prepara hace que existan encuentros emocionantes y cargados de sentimientos, estrechamente relacionados con las creencias y formas de asimilar ciertos aspectos de la vida, que nos conducen hacia esporádicas vivencias que no por su fugaz aparición están exentas de un componente profundo de valores -desgraciadamente hoy en crisis- como la amistad, el amor, la paz...

Hace pocos días compartí momentos con un grupo de niños y niñas, jóvenes cristianos, que abanderados por un mismo estandarte , han llegado el Santuario de Guadalupe para profundizar en el significado de este lugar y sus encantos naturales y patrimoniales.

Acompañado por mi hijo César, a su manera también cautivado por ellos, tuvimos la oportunidad de transmitirles lo que amamos a esta tierra, lo que significa para nosotros vivir en un pueblo de menos de 2.500 habitantes, de estar muy lejos de todos los lugares y de tener el privilegio de estar donde estamos. El grupo de niños y niñas, curiosos y tremendamente respetuosos con quién les hablaba desde el corazón, pertenecen a los Scout Sant Yago de Cáceres, magistralmente coordinados por mi amigo Carlos, con quién también el destino quiso que me tropezase un buen día, y al que admiro y respeto mucho.

Estas pequeñas cosas son las que le hacen crecer a uno, las que le dotan de una sensibilidad especial y las que justifican de manera muy nítida que hay algo, que no controlamos, que nos mueve y cuya existencia, sin su fuerza, resultaría totalmente diferente.

Os traigo un fragmento del concierto de órgano que Fray David Ortiz nos ofreció en una velada inolvidable.